Esta en sus genes, viene de familia. Su padre lo fue, su abuelo también. Desde los albores del tiempo esta tradición corre por las venas del pasado de su familia. De generación en generación esta costumbre, este legado pasa de padre a hijo. Capaz no es una de las mejores tradiciones. Claramente no lo es. Pero es una tradición al fin. Capaz, con suerte, su hijo se revele contra esta tradición arcaica y tan poco saludable. Ojala lo logre. Ojala pueda romper la gran bajada de línea familiar. Porque él no pudo. Tampoco es que lo haya intentado con todos sus esfuerzos. No le era posible. Antes de darse cuenta ya cargaba con el peso de toda su familia. Todas esas voces que dicen querer lo mejor para uno, pero que actúan en contraposición con sus dichos. Es una tradición, es LA tradición, pero él no la eligió, dejó que elijan por él. Y así, espera que su hijo no sea otro perdedor en la rama de este árbol genealógico marchito, putrefacto y moribundo. Una enfermedad que se extiende a través del tiempo, infectando almas y matando lentamente, tomándose todo el tiempo para aniquilar cada fuerza, cada energía, con precisión quirúrgica. El mal de los males, el estigma del ser humano. La capacidad de poder decidir, desperdiciada, no usada, o mal empleada. El peor de los pecados, como dijo un gran escritor: No ser feliz.
Esta familia seguirá pasando la antorcha de los perdedores de generación en generación, hasta que alguien decida quebrar esa antorcha, quemar esa tradición y ser feliz sin importar que digan los demás.
Esta familia seguirá pasando la antorcha de los perdedores de generación en generación, hasta que alguien decida quebrar esa antorcha, quemar esa tradición y ser feliz sin importar que digan los demás.
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