Ricardo camina por la calle, distraído,
con la mirada en el piso. Y en su andar se encuentra con una birome común, que
levanta del suelo y guarda en su bolsillo. Ricardo sigue caminando, con una
nueva birome en el bolsillo, pero no sabe que esa birome cayó de la mochila de
Ernesto, que corría desesperado hacia un importante examen, donde conoció a
Adriana al pedirle prestada una lapicera, con quien se casara Ernesto en el
futuro. Y a él ni se le ocurriría pensar que esa lapicera que Adriana le prestó,
es la que usó para firmar el préstamo de su primer departamento (por el que
trabajó muy duro), mientras Rubén, el escribano de la inmobiliaria, miraba
preocupado su celular. Adriana creía que Rubén solo estaba apurado por terminar
otro rutinario papeleo. Pero no imaginaba que desde ese mismo celular, ese
mismo día, minutos después de despedirse de ella, Rubén recibiría la noticia de
que la operación de su pequeña hija había salido bien, mientras Miguel, otro
cliente, le entregaba las llaves del departamento vendido. Esas llaves que
fueron lo último que Mirtha, su mujer, le revoleo a Miguel cuando descubrió que
la engañaba con Ángeles, su secretaria. Es extraño que Mirtha lo haya
descubierto por un corpiño de Ángeles que encontró. Corpiño que era parte del
conjunto que Ricardo le compró para su luna de miel. Y pensar que la bombacha
de ese conjunto es lo último que Ángeles se llevó hoy al decirle que lo dejaba
por Miguel, antes de irse y que Ricardo saliera a caminar por la calle,
distraído, con la mirada en el piso y que en su andar se encuentre con una
birome común.

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