Es curioso como Camila ve a la gente. Mas
que nada, como los reconoce al saludarlos. Son conjuntos de recuerdos que
llegan a su cabeza al ver sus caras. Y así, Daniel es: aquella primera persona
que la saludó en los primeros días de la facultad; las reuniones de estudios y
trabajos prácticos; los festejos o insultos post-examen; las risas en los
intervalos. Mariana se fue convirtiendo en: ese “hola ¿querés ser mi amiga?” de
hace 20 años en la vereda de la casa; los cines de los fines de semanas; las
vacaciones junto a alguna de sus familias; las borracheras post-rupturas; los
abrazos interminables después de un largo tiempo sin verse. Mercedes apenas es:
esas señas detrás de los ridículos regaños del jefe; los almuerzos delirantes dentro de la
estructurada rutina; los comentarios sarcásticos por lo bajo. Y Alejandro… Alejandro
es: ese amigo que ya no lo es; aquel primer beso entre tímido y robado; ese que
se queda dormido preparándole mates a la madrugada mientras ella estudia para
el examen; las noches de lujuria; las cenas románticas; los grandes gestos; los
pequeños detalles; esos abrazos sin razón; y los besos que la toman
desprevenida. Por eso a Camila le encanta tanto saludar a sus conocidos. Disfruta
de cada uno de esos recuerdos que le vienen en el instante previo al saludo.

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