"El Infierno es vivir cada día sin saber la razón de tu existencia." - Sin City

jueves, 27 de septiembre de 2012

Compañia




El ya viejo gato gris atigrado huye de los niños que lo corren para golpearlo otra vez. Para divertirse cruelmente como siempre. El gato tiene largos años y no pierde su costumbre de volver a ese refugio que le da un poco de cobijo. Aunque cada tarde, los mismos niños lo vuelvan a perseguir con las mismas crueles intenciones. Pero ese viejo basurero es el único lugar solitario que conoce. Se alimenta por su propia cuenta de los restos de basura o las ratas con las que compite. Tiene bebida en las alcantarillas y nadie lo molesta, más que aquellos chicos. El viejo gato no vivió toda su vida ahí. Durante sus años de cachorro, una pequeña niña era su sol. Dormían juntos en la cama, jugaban y corrían. Pero la niña creció y con su familia se mudo. Y como al pobre gatito no podía llevar, con una vecina lo dejó. La vieja vecina lo cuidó hasta que una mañana, la señora ya no despertó. Su pelaje ya no es el mismo debido a su forma de vivir. En algunos descuidos, los crueles jóvenes, le dejaron algunas marcas. Un ojo medio ciego. Una pata renga. Alguna cicatriz. Algunos nuevos deshechos también hicieron lo suyo y las ratas, varias veces, le dieron batalla.

Inés azota el departamento con un portazo. Cargada de valijas. Otro novio desastroso. “Son todos iguales” se repite. Siempre lo mismo. Se entretienen con ella y nada más. Se siente una idiota. No aprende más. Siempre vuelve a caer en lo mismo. Siempre se deja engañar por los dulces halagos y el romanticismo que dura poco más de un mes. Después, como siempre, la lastiman. Pero Inés no sabe estar sola.  Ni siquiera su departamento la hace sentirse cómoda. Y, aunque apenas sea por unos meses, consigue un poco de cariño y no esa horrible soledad que la atormenta por las noches. Inés no siempre vivió así. Ella tuvo un novio que la trató como una reina. Siempre juntos. Reían y lloraban el uno al lado del otro. Pero él murió en un accidente y la dejó con ese amor tan grande sin saber a quien dárselo. Inés intentó seguir con su vida, su trabajo, sus estudios. Se dio, y dio, oportunidades, y le dejaron marcas. Inés ya ni se arregla para salir.

El gato salta sorprendido ante los pasos histéricos de una Inés rabiosa que sale del edificio. Los niños vienen detrás del animal, con armas improvisadas. Inés ve algo en ese gato herido y agazapado. Se pone entre él y los pequeños salvajes y descarga toda su ira en ellos. Los chicos huyen asustados. Inés se agacha a recoger al gato. Este le responde con un siseo agresivo. Inés esta a punto de abandonarlo, pero ese ojo ciego y el pelaje reseco le dan pena. Lo toma por detrás del cuello y el animal intenta asestarle algunos zarpazos. Inés logra meterlo en una cartera casi vacía. Aunque el felino lucha por su libertad.

Inés abre la puerta de su departamento, revolea casi todo y cierra. Solo se queda con la cartera bajo el brazo. Se dirige a la cocina y la apoya sobre la mesa. Cierra puertas, ventanas y todo orificio por el cual el animal pudiera escapar. Regresa a la heladera, agarra el sachet de leche, toma un plato hondo de la alacena, lo pone junto a la cartera y vierte la leche en este. Abre la cartera lentamente, con cuidado. Una pata le clava las garras con fuerza en el reverso de la mano izquierda. Sigue abriendo la cartera con la mano derecha y, en cuanto el gato salta en busca de un escape, lo vuelve a tomar del cuello. Aprovecha que el animal retrae las uñas que le clavó previamente y lo sujeta con ambas manos. Le acerca el hocico al plato, el gato echa la cabeza hacia atrás y se retuerce, resistiéndose. Ella le moja por fin bruscamente la nariz en el líquido y, luego de un rato, el gato ya no resiste el sabor y comienza a beber, bajando la guardia.

Hace casi una semana que Inés y el viejo gato se hacen compañía en la cama. El gato sigue siendo viejo y tuerto, pero su pelaje volvió a ser suave y brilloso. De vez en cuando, Inés se maquilla antes de ir al trabajo o a la facultad. El timbre suena en medio de la noche. Inés sigue durmiendo, el gato despierta. Le acerca su cabeza a la de ella e intenta despertarla con un suave maullido. El timbre vuelve a sonar. Inés despierta preguntándose quien será a esas horas. Acaricia al gato y se levanta, dirigiéndose al portero eléctrico. Atiende y su último ex-novio ruega perdón y reza arrepentimiento por el parlante, pide una oportunidad para conversar. Inés duda. Él pronuncia las palabras mágicas que ella nunca puede resistir. Le abre, cuelga el aparato y mira dudosa al gato, que entra a la sala desperezándose y mirándola con cierto cariño. El timbre suena. Inés vuelve a dudar, pero abre. El hombre se acerca a ella, le pronuncia las mismas palabras bonitas de la primera vez que la vio, le ruega el mismo perdón de la última vez, y le reza el mismo arrepentimiento que todos sus ex-novios. Que se dejó llevar por otro par de piernas. Que fue un torpe. Que es la última vez. Que la ama. Inés va cediendo al pedido, se deja enternecer, él se acerca cada vez más íntimamente. El gato reacciona diferente a ella. Desde su llegada esta vigilante, como a punto de cazar una presa. A medida que Inés baja la guardia, el gato la aumenta. Cuando el hombre la toma por los hombros, el gato emite el mayor siseo de su vida, el pelo se le eriza y su expresión es de una agresividad feroz. Inés despierta del ensueño y mira al gato. No sabe si esta celoso o la esta defendiendo. No importa. Inés le replica todos los errores a su ex-novio y lo echa a los gritos. No quiere verlo nunca más. Inés cierra de un portazo. El gato se frota entre sus piernas. Ella lo toma y vuelven a su cuarto a dormir.

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