Luciano,
de chico quería ser doctor. Hoy es un prestigioso cirujano. Gabriela quería
cocinar como su madre. Ahora lleva adelante su propia empresa de catering. A
Andrés le encantaban los aviones. Mañana da su último examen para convertirse
en piloto autorizado de las fuerzas aéreas. Jonathan se levanta cada día sin
una sonrisa en su rostro. Cumple su rutina a rajatabla sin una queja. De casa
al trabajo y del trabajo a casa. No es que odie el estudio de televisión donde
cumple su rol de guardia de seguridad cerca de las grandes estrellas. Bah, no
es que lo odie en particular. Jonathan odia todo. Desde el primer segundo de
cada mañana hasta las grandes verdades del mundo. No tiene la vida que anhelaba
y nunca la tendrá. Jonathan no es pesimista. Es un realista. No existen los
cuentos de hadas. El amor es una ilusión pasajera. La felicidad es un estado de
ánimo mentiroso y anestésico. La solidaridad es un gran método de campaña
política. Y los buenos samaritanos, la mayor de las leyendas. No hay ni un día
soleado para él. Y los días nublados solo confirman sus teorías. Jonathan no es
un resentido de la vida. Solo está frustrado. Nunca va a cumplir su gran sueño.
Alguien le advirtió a temprana edad que los superhéroes no existen en esta realidad
y, por ende, que él nunca lo será.

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