Mugre, negra, sucia,
roñosa, que encastra, como flechas negras como la sombra, con plumas de cuervo
y puntas de jeringa, que se clavan en mi interior y extraen lo poco que queda
de mi esencia. Un sueño explotó en mi cara y se llevó la magia del mundo. Se
llevó con ella, mi alma y tres cuartos de mi yo. Ya nada tiene color, todo es
negro y oscuro. Quien busca mis ojos, busca mi alma, quien busca mi alma, busca
la muerte, quien mira mis ojos, encuentra un vacío negro que consume alegrías y
emociones. Escondo mis ojos tras lentes tan oscuros como mi interior. Ya no hay
luz, ya no hay estrellas. Ni hadas. Ya la luna no ilumina la noche, ya el sol
no resplandece de día. Alas negras, putrefactas, resecas, fétidas, marchitas,
resquebrajadas, rotas. Que contaminan con su pútrido parásito, mi interior.
Ratas zombies corroen mis entrañas. Y te busco y no estas. Y apareces en donde
no estabas, en todos lados. Y apareces en donde estabas, en todos lados. Y te
busco. Y no es a vos a quien busco. No busco a la que estuvo, busco a la que
estará. La que me encuentre en este pozo que no encuentran mis amigos, porque
no les digo donde esta, porque no se donde esta. Y es difícil ser artista.
Porque nunca entienden que el artista es un puerco que a veces tiene que nadar
en su chiquero, porque nunca entienden que a veces el artista es un puerco
condenado que adora ahogarse en su chiquero, porque cuando ya no hay mas nada,
cuando no se puede mas sentir mas nada, esa es la única forma de sentirse vivo.
A veces el arte sintoniza con mi centro, ya de tamaño subatómico, y lágrimas
diminutas y explosivas brotan de mis ojos y ruedan por mi rostro marcándole a
fuego las arrugas invisibles de mi interior. Una mascara insostenible con forma
de mueca de sonrisa, que no convence a nadie, ni siquiera a mí. Un espejo
refleja un muerto que camina, la sombra de un soñador que murió. No es depresión,
ojala lo fuera. La depresión era una mujer que me golpeaba y me hacia sentir
tristezas. Este es un vacío en forma de pozo, sin principio ni final, sin
arriba ni abajo, sin paredes. Floto en él, y hacia donde vaya hay oscuridad y
soledad. Porque estoy solo entre amigos, en familia o en el trabajo. Muchas
veces quiero morir. Matar cada célula de mi cuerpo, una por una, aunque me tome
el resto de mi existencia. Y mi respiración se esfuerza por seguir. Y soy
valiente, y desgraciado, caminando muerto por este mundo asesino, que mató mis
sueños, esperanzas e ilusiones. Y sigue libre, porque es corrupto, como el
juicio, el juez y los abogados presentes. Como la policía que exhumó los
cadáveres. Las recuerdo, corriendo y saltando alegres, tomadas de las manos,
con amplias sonrisas y los ojos iluminados. Recuerdo como me susurraban al oído
sus cuentos de hadas infantiles, de futuros prometedores, de amores eternos, de
magia. Y murieron y ví la mentira. Porque eso es la magia, mentiras. Mentiras
que les contamos a nuestros seres queridos, para que no vean lo que nosotros,
para que no sufran lo que nosotros. Y si tenemos suerte, llevaran esas mentiras
hasta la tumba y a través de las generaciones, pero no dejarán de ser mentiras.
Tumbas que entierran la verdad y florecen como hiedras venenosas contaminando
la realidad, esa dama que se pasea por el mundo apagando sonrisas y bebiendo
daiquiris de lágrimas y dolor, adornados con los frutos de sangre: corazones
rotos extirpados de los enamorados que se cruzó por el camino. Y bebe sorbo a
sorbo deleitándose de placer con el dolor evocado en cada lágrima, mientras se
sienta cruzando los pies y viendo en pantalla grande su película favorita, “La
mentira del Todosepuede”. Y yo la veo, al otro lado de la pantalla, mientras,
por un segundo, vuelvo a ser algún yo, porque esto soy, el instante en que el
papel absorbe la tinta, la lapicera a toda prisa y con fuerza furiosa manchando
la hoja. Ese instante, ese milisegundo, es la síntesis completa de mi vida.
Vivo entre el instante en que lapicera y papel hacen contacto y el que se
separan. Luego muero. Como ahora.

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