La oficina es grande. El jefe esta sentado
frente a su gran escritorio. De rostro serio. Frente a él, una columna de
empleados jóvenes de traje aguardan temerosos. El jefe levanta la vista hacia
uno de ellos. El joven se adelanta, como arrepentido. El jefe le hace seña de
que tome asiento El joven obedece. Se miran a los ojos, uno con miedo, el otro
con seriedad. Los demás empleados aguardan en silencio.
Jefe: Entonces, ¿No lo detuvieron?
Empleado: No pudimos.
Jefe: ¿Acaso no le mostró el otro camino?
Empleado: Si. Pero no estaba convencido de
tomarlo.
Jefe: A ver. Tranquilícese y cuéntemelo
todo. Porque todavía no me lo creo.
Empleado: Yo tampoco.
El empleado se acomoda en la silla.
Endereza la postura. Toma aire. Lo suelta. Vuelve a tomar aire. Comienza.
Empleado: El cliente llego, como cualquier
otro. Y me dispuse a asistirlo, como a cualquier otro. Le enseñe el camino, le
hable de los beneficios. De la seguridad, la igualdad, la tranquilidad y todas
esas cosas con las que, disculpe que lo diga así, “pican”. Ya casi tenía la
venta cerrada. Lo guiaba a mi oficina para darle su número de serie. Y entonces
fue que la vio. (Se toma la cabeza con la mano derecha) No se como lo hizo. En
realidad, todavía me pregunto ¿como es que tan pocos la ven?, y ¿como es que
esos pocos la ven? Pero no importa. La vio. Se quedo ahí, mirándola, un rato.
Un largo rato. Yo seguía buscando y acomodando los papeles para efectuar el trámite.
No me había percatado de que ya no me prestaba atención. Menos aun iba a sospechar
que había visto la puerta. Entonces me di vuelta y lo vi. Tengo mis propios
artilugios preparados. Además de los que nos enseñan en la capacitación. Y
siempre me ayudaron a encarrilar a los clientes por el camino más conveniente.
Me acerque al cliente y comencé a hablar con el:
En una sala grande, un joven de remera y
pantalones blancos, esta atontado mirando hacia una pequeña puerta en la pared.
El empleado, detrás de su escritorio (que se encuentra a la izquierda del
joven), deja una pila de papeles, una camisa blanca y un pantalón de vestir
planchados, sobre su escritorio y se acerca al joven. Lo toma del hombro
derecho, como abrazándolo con su propio brazo derecho.
Empleado: Veo que ha notado aquella puerta.
Cliente: Si. ¿Qué es?
Empleado: Venga que le muestro.
“Lo lleve frente a ella y la abrí ante sus
ojos. No muchos están preparados para ver lo que hay detrás.”
Ante la puerta abierta, un pequeño camino
de piedra rodeado por un precipicio a cada lado se estira hasta el horizonte,
apenas menos ancho que la puerta. El camino tiene grandes empinadas y vertiginosas
bajadas. Alrededor todo es oscuro.
Empleado: ¿Ve?
Cliente: Es otro camino.
Empleado: Si. Una alternativa, podría
decirse.
Cliente: ¿Y por que no me lo mostró?
Empleado: Mire, le voy a ser sincero. Este es un camino
difícil. Tiene altibajos. Es irregular. Tiene pozos terribles, y cumbres casi
inescalables. No tiene ninguna seguridad. De ningún tipo. La compañía que le
espera es poca. Prácticamente iría solo. Y como ve, mas allá de ese gran salto
que hay mas adelante, la oscuridad que hay a su alrededor lo hará ir casi a
tientas. Obviamente, si elige este camino, le vamos a dar una pequeña antorcha,
que solo usted va a poder encender. No le garantizo que ande. Ni que llegue al
final del camino. Puede que otros le iluminen el camino, puede que no. Tiene
bifurcaciones. Y no tiene indicaciones. Va a contramano del camino que le
enseñe anteriormente. Pero corre casi a la par. Y con respecto a este tema, hay
otro inconveniente más. Va a escuchar las risas, carcajadas, gritos y murmullos
de los demás, pero ellos difícilmente lo escuchen. Así que no podrá acallarlos.
Salvo que grite lo suficientemente fuerte. Y cuando digo fuerte, es fuerte.
Donde ambos caminos se acercan lo suficiente, sentirá golpes y tirones. También
se dice que este camino esta embrujado, que evoca los fantasmas del pasado, las
dudas, la melancolía y, hasta a veces, el de la locura. Puede que no haya
indicaciones en las bifurcaciones, pero las señales dispersas por el resto del camino
son confusas y se contradicen.
El joven
queda pensativo. El empleado lo hace girar y quedar de espaldas a la puerta.
Empleado:
¿Lo ve? Este camino engaña, por eso no lo ofrecemos. Nos interesa su seguridad.
Cliente: ¿Y
que hay al final?
Empleado:
Nadie lo sabe.
Cliente:
Entonces, ¿Qué era esa luz al final?
Empleado:
¿Cuál luz?
El joven se
da vuelta, y señala hacia el final del camino, donde se encuentra con el
horizonte. El empleado voltea con el. Parece empezar a ponerse nervioso.
Cliente:
Esa que esta allá, al final del camino. ¿No la ve?
El empleado
inspecciona con la mirada, intentando encontrar aquello que le señala el joven.
Luego de un pobre intento, se dirige al joven y vuelve a ponerlo de espaldas a
la puerta.
Empleado:
No. ¿Ve? Le dije que el camino era engañoso. Venga por acá que concluimos el trámite
y ya puede ser uno más del camino seguro.
El jefe
mira al empleado que le explica todo con calma, pero hay un ápice de
intranquilidad en su cuerpo.
Empleado:
Me siguió hasta mi escritorio. Llenamos los formularios, pero no dejaba de
mirar la bendita puerta a cada rato. La maquina ya había generado su numero de
serie a través del sistema. Faltaba la firma. Ya tenía la birome apoyada en el
formulario. Ya casi lo tenía. Se detuvo un segundo. ¡Y LO MATO LA PUTA
CURIOSIDAD! (golpea fuertemente con ambos puños el escritorio de su jefe,
sacudiendo todo su cuerpo de la fuerza)
Todos en la
oficina se sobresaltan. Nadie esperaba semejante reacción. El empleado toma
consciencia, vuelve a tomar aire, se acomoda el pelo y sigue.
Empleado: Perdón.
Perdón. Salio corriendo. Nos tomo a todos desprevenidos. Ninguno pudo
alcanzarlo. No pudimos detenerlo. Tomó la antorcha y cruzo la puerta. Y bueno.
Ya sabe. No podemos atravesar el umbral.
El jefe lo
mira pensativo y luego de un momento suelta un suspiro.
Jefe:
Entiendo. Vayan. No hay nada que pueda hacerse. El del arte es un camino de
ida.

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