Corre.
Corre. Corre para que no lo puedan alcanzar. Corre el joven. Corre perseguido
por una multitud de seres robóticos. Seres similares a muñecos para dibujo.
Seres sin rasgos. Sin detalles. Sin marcas. Seres y ya. Seres que persiguen a
un joven. Un joven que tiene todo eso que ellos no. Joven que corre por las
calles con todas sus fuerzas. Mientras otros seres lo ven pasar, se aterran y
lo señalan con un gesto acusador. Pero el joven corre. Y los seres corren más.
Hasta alcanzarlo. Hasta agarrarle el brazo desnudo. Y tiran. Y el joven también.
Y se desgarra. Y no es su ropa. Ni su piel. Es su ser lo que se desgarra. Y por
debajo de el, se deja ver, un brazo como los de cualquier otro ser. Y eso lo
aterra. Grita. Golpea. Patea. Y corre aun con más fuerzas. Delante suyo, otro
ser, le agarra el rostro con violenta fuerza. Con violencia le marca sus cinco
dedos sin uñas. Ni carne. Ni huesos. Ni piel. Cinco marcas que se guardan en el
rostro del joven. Cinco marcas que vuelven a desgarrar su ser. Que vuelven a
vislumbrar un interior vacío y sin marcas. Un cabezazo furioso toma venganza. Y
corre. Más seres le impiden el paso. Seres de un color azul autoritario. Sin
mas marcas que una macana en su mano cada uno. Macanas usadas para dejar más
marcas en el joven. Marcas que no contienen el mismo valor que las que ya traía.
Las marcas por lo que lo perseguían. Y ya no corre. Se cubre el cuerpo en el
suelo. Se cubre de las marcas. Del dolor. Se cubre de la realidad. Despierta en
una celda. Seres grises lo miran sin ojos y con maldad desde detrás de la reja.
Sonríen maliciosamente, sin boca y sin dientes. La reja se abre. El joven, o lo
que va quedando de él, retrocede hasta la pared mas alejada. Se defiende, o lo
intenta. Pero son muchos. Son más. Lo toman por extremidades, rostro y cuerpo.
Y lo desgarran. Hasta no dejarle nada. Hasta dejarlo como ellos. Sin rostro.
Sin rasgos. Sin marcas. Solo un cuerpo básico de un gris tenue, apagado. Se
retiran. Sin más. Sin una mirada de reojo. Sin un ápice de arrepentimiento.
Solo se retiran. Y el joven, o lo que hasta hace poco lo era, se sienta, en una
cama de piedra. Se toma las rodillas y hunde su cabeza. Un par de seres azules
se acercan a él. Lo escoltan hasta la puerta del establecimiento. Lo dejan ahí.
Vuelven a entrar. El ahora ser gris camina cabizbajo. Sin destino. Sin rumbo.
Sin apuro. Solo camina. Algo lo golpea y lo arroja al piso. Sentado en el suelo,
se encuentra con un joven fatigado, arrodillado y con las manos apoyadas en el
suelo, frente a él. El joven lo mira aterrado. Se levanta y corre. Una multitud
de seres robóticos corre detrás del joven. Sin prestarle atención al ser
sentado en el suelo. Ser que se levanta y sigue caminando. Sin destino. Sin
rumbo. Sin apuro. Sin ser.

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