Yo andaba distraído. Mirando el cielo,
celeste y resplandeciente. Despejado como nunca lo había visto. No suelo
mirarlo, no me llama mucho la atención. Prefiero ver por donde camino. Pero no
estaba caminando y no tenía otra cosa que hacer. Y, la verdad, era lo mejor que
podía ver. A mi alrededor solo había desconocidos yendo y viniendo. Entonces la
vi. Bah, solo su rostro en la distancia. Por unos segundos pareció acercarse.
Pero se que no pudo ser así. Seguro lo sentí. Al igual que sentí como todo se
detuvo ante mi. La gente, los sonidos. Ni una mosca voló. Incluso mi
respiración me traiciono. Al verla, lo supe. No sabía nada de ella. Pero lo
supe. Lo imagine. Mi futuro con ella. Nuestra casa. Nuestros hijos. Todo lo vi.
La felicidad eterna. Las tristezas pasajeras. Caminatas de la mano, en una
plaza, siendo ancianos. Las cenas románticas. La rutina incansable. Los
conocidos. Los desconocidos. Todo lo vi. No tuve dudas. Era ella, mi futuro.
Era yo, el suyo. Éramos quien la vida hizo para hacernos feliz. El uno para el
otro. El otro para el uno. Me sentí lleno de valor. Lleno de amor. Mas que
nunca en mi vida. Estaba más seguro de lo que sentía que de que estaba vivo. A
pesar de que me sentí en ese momento, más vivo que nunca. No pude hacer nada.
Era cómico y, al mismo tiempo, trágico. Porque la vi. Pero ella no me vio a mí.
Porque aunque yo miraba el cielo distraído y la vi. Ella se cruzo en mi vista.
Pero yo no me cruce en la suya. De eso estoy seguro. Porque la vi sentada, desde
la ventana de su avión, mientras yo esperaba que saliera mi vuelo, desde el
ventanal del aeropuerto.

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