Armando
abre la puerta de su casa, devastado de cansancio. Deja caer su bolso sobre la
mesa, llega hasta la llave eléctrica y enciende la luz. Se dirige a la
heladera, asoma la cabeza y busca algún plato de sobras que necesite poco o
nulo proceso para comerlo. No tiene ganas de cocinar. No tiene ganas de nada.
Toma un plato de fideos con manteca y los lleva hasta el microondas. No más de
2 minutos de cocción, tampoco quiere esperar a comer. Mientras come los fideos
recalentados, con un vaso de agua a mano, prepara en su PC, las clases para el
día siguiente. 5 temas diferentes en 7 clases, en un solo día.
Horas más
tarde, Armando da vueltas en su cama otra vez. Lleva poco mas de una hora
intentando dormirse, pero con todo lo que le viene costando hacerlo hace unos días,
es una hora más a la cuenta. La gota que rebalsa el vaso. Armando se destapa
con un movimiento brusco, se levanta, toma el blister de pastillas sin pegarle
una ojeada y se dirige al comedor, donde tiene su botiquín de productos farmacéuticos.
Abre el pequeño armario y agarra todos los blisters de pastillas para el
insomnio que viene probando hace días. Por separado no le funcionaron. Extrae
una de cada una de las diferentes pastillas y las junta en su mano izquierda.
Se dirige a la cocina y se sirve un vaso con agua. Mira dudoso el manojo de
pastillas. Un reloj detrás suyo marca el cambio de hora, son las 3:00 AM, le
quedan 3 horas de sueño con suerte. Aprieta con fuerza el manojo, cierra los
ojos, abre la boca, se mete el manojo en la boca y de un gran trago vacía el
vaso. Baja el vaso lentamente mientras las pastillas recorren su esófago. Mira
el fondo del vaso vacío mientras un ardor le recorre el pecho hasta llegar al
estomago. El vaso se nubla desde su centro y así todo a su vista hasta ver todo
blanco. Antes de caer al suelo, Armando tiene una visión de un hombre, viejo,
de barba, con tunica y guadaña. Luego, el piso lo recibe con un fuerte golpe.
Armando ya no lo siente. No siente mas nada.

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