Armando
intenta posar su mano en la imagen de Susana. La acerca lentamente. La mira a
los ojos. Duda y retrocede. La imagen de Susana se deforma ligeramente y toma
un ápice de tenebrosidad. Armando al notar esto, retrocede un poco más. A
medida que él retrocede, la imagen se vuelve cada vez más grande, deforme y
grotesca. A medida que esto sucede, Armando se acobarda y retrocede más. Se
convierte en un círculo vicioso. Hasta que Armando nota que la imagen reacciona
ante su retroceso. Se queda inmóvil y pensativo un segundo. Aspira
profundamente e infla su pecho. Endereza su posición y empieza a acercarse a la
imagen. Sus primeros pasos son cortos y temerosos. Su mirada todavía expresa
cierto miedo. A medida que avanza, sus pasos se vuelven firmes, junto con su
postura y la imagen va volviendo a la forma original de Susana. Armando se
detiene al estar frente a frente a la imagen. No sabe como seguir. No se
imagina cual es el siguiente paso. La imagen de Susana vacila entre la original
y una apenas más deforme que va cambiando con su propia respiración. Se vuelve
apenas grotesca cuando inhala, y vuelve a sus proporciones originales cuando
exhala el aire. Armando se aleja apenas, como tomando carrera sin levantar los
pies, y con los brazos atravesando el reflejo, abraza la imagen de Susana con
fuerza. Esta se funde en forma de una luz brillante entre los brazos de Armando
e ilumina cegadoramente todo el lugar. Armando se refriega los ojos y se
encuentra frente a un atril con una pintura sin acabar.

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