Una vez
tuve un sueño. Un sueño en el que tenia una vida. Y en ese sueño me dormía.
Soñaba que soñaba. Y en el sueño dentro del sueño, soñé que me encontraba
frente a un lago, hermoso, del agua mas clara y pura que se pudiera imaginar. Una
voz me desafiaba a sumergirme en la cristalina superficie. Otra voz me advertía
de ser prudente. La luz que emanaba del agua me hipnotizaba. Hice caso a la
segunda voz e inspeccione el paisaje. Era un sueño, así que todo se revelaba
ante la mirada y la inspección, y no antes. Alrededor del lago, a medida que
incursionaba, me encontraba con una cordillera de bellas montañas, que pasaban
por todos los climas, desde el otoño al verano. Me encontré con un árbol a mi
lado, que parecía tener mas años que las montañas y el lago mismo, pero resistía
como si hubiera nacido hace poco mas que yo. El lago estaba envuelto por una
pradera de la más viva hierba, que terminaba en arena blanquecina en su orilla.
El cielo estaba despejado y, aunque no se lo veía al sol por ningún lado, la
luz parecía venida del mediodía. Ya no había más que ver. Me volví hacia el
lago. Una voz en el viento susurro a mi oído “¿Qué tan puro te crees?”. Espere
por un segundo susurro. Nada. Busque la respuesta en mi interior. No sabía bien
como encontrarla. Encontré, o me encontraron, varios recuerdos de acciones de
las que no estaba orgulloso. Otro susurro voló en el viento. “¿Te arrepientes?”.
“Si” dije sin siquiera pensarlo. Y me arroje al lago. Debí haber pensado mejor
la respuesta. Debí haberme arrepentido de muchas cosas. Pero no era así. No
estaba arrepentido del todo. Aun no lo estoy. Me arrepiento de no poder salir
de este lago. No merezco la pureza de su agua y no puedo volver a vivir en ese
sueño que no era un sueño pero hoy lo parece. Y la pureza del agua no me deja
morir. Estoy encerrado en este limbo, condenado a recordar mi vida como si
fuera un sueño.

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